En el antiguo Imperio romano, los gladiadores eran los esclavos más cotizados y valorados por la sociedad. En su mayoría eran hombres portentosos, seleccionados con mucho cuidado por su vitalidad física y destreza para combatir en la arena, ya sea contra otros hombres, leones u otros fieros rivales.
El término “gladiador” proviene del nombre de la característica espada de la Antigua Roma: gladius. El gladius o gladio era un arma utilizada especialmente por las legiones romanas y tenía un tamaño corto (aproximadamente medio metro). Con una hoja ancha, recta y de doble filo.
En el siglo I de nuestra era un gladiador tenía alrededor del noventa por ciento de posibilidades de salvar la vida. Incluso si perdía se salvaría más o menos cuatro de cada cinco veces. Con el tiempo, se fue convirtiendo en un juego más sangriento, pero en el siglo II sólo la mitad de los combates terminaban con la muerte de al menos alguno de los luchadores.
No todos los gladiadores morían, antes bien, muchos lograban una carrera que se extendía durante años. Y algunos conseguían la fama y muchas riquezas gracias a la arena, llevando una vida de gloria.
Los gladiadores eran profesionales. Estaban entrenados en su arte: entrenaban en escuelas parecidas a cuarteles donde vivían en internamiento. Estas escuelas eran de carácter privado.
Los llamados doctores eran los encargados de instruir a los gladiadores, y normalmente eran viejas glorias ya retiradas de la arena que transmitían toda la experiencia de sus cicatrices.
En 1993 un grupo de arqueólogos examinó restos de 120 personas de un cementerio de gladiadores en Éfeso. El análisis de las lesiones fue revelador y sorprendente. Se hallaron muestras de terribles heridas. Uno de los gladiadores encontrados murió por un doble traumatismo craneoencefálico agudo provocado por el poderoso tridente de un temible gladiador retiarius. Sin embargo, la muerte en la arena no era tan frecuente como se suele pensar.
El prestigio de los campeones de la arena creció tanto que incluso ciudadanos de las clases económicamente pudientes y políticamente bien situadas decidieron participar en los combates.
Si se dictaminaba la muerte del perdedor, éste debía aceptarla con dignidad. En estos casos las dos formas principales de dar muerte (evidenciadas por las lesiones encontradas en los restos arqueológicos) eran una puñalada en el cuello que recibía el vencido arrodillado delante de su verdugo con la frente en alto, y una cuchillada en el corazón infligida a través del omóplato del derrotado colocado boca abajo.
Los gladiadores tenían su contrapartida femenina llamada gladiatrix. La lucha contra otros humanos (y también animales) para el entretenimiento de los espectadores no era exclusiva de los hombres. A pesar de haber tenido una presencia escasa, existen pruebas tanto arqueológicas como historiográficas de mujeres gladiadoras. Tácito y Dion Casio mencionan participación femenina bajo el gobierno de Nerón y Suetonio bajo el de Domiciano.
En el 80 dC después tres años de trabajos, el Coliseo fue inaugurado con una serie de eventos y actuaciones por 100 dìas. Además, sólo en el primer día de celebración, 5.000 animales fueron sacrificados para hacer más sangrientas las batallas. Las actividades de gladiadores, símbolo de esta antigua arena, se detuvieron sólo en 404 cuando un monaco llamado Almacchio perdió la vida durante las protestas comenzadas durante el imperio de Constantino.
También existían gladiadoras, algunas célebres y ricas como los hombres. Sus combates eran tan demandados que se celebraban justo después de la caída del sol, en el momento más esperado por los espectadores. Luchas que se desarrollaban de la misma manera que los masculinos, con las mismas reglas y las mismas armas.
